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“De narcos, gamonales, reyes, dictadores y otras vainas”

 

Y el camino no tenía por qué ser, ni era posible que fuera únicamente el que se exigía con imperio de vencedores expoliadores, o sea: que la nación vencida renuncie a su alma, aunque no sea sino en la apariencia, formalmente, y tome la de los vencedores, es decir, que se aculture”. Este es un fragmento de las palabras de José María Arguedas en el acto de entrega del premio «Inca Gracilazo de la Vega», Lima, octubre de 1968. Él, tituló este discurso: «No soy un aculturado…». Este autor es reconocido en el ámbito literario como uno de los mejores exponentes de la literatura indígena de Abya Yala (América), específicamente de su natal Perú y su idioma adoptivo, el quechua. Él, junto al paraguayo Augusto Roa Bastos con el guaraní y por qué no, el Premio Nobel Miguel Ángel Asturias, con su Leyendas de Guatemala y Hombres de Maíz, tomadas de la rica literatura maya, y como muchos otros autores ellos son reconocidos por vivificar la extraordinaria literatura indígena de este continente. No solo es admirable la literatura. También es admirable ver el arte indígena, por ejemplo, haber visto una mola, al fondo de la doña que narra la historia en la película «Titánic», de James Cameron, o ver una almohadilla hecha de mola en la telenovela muy vista actualmente en Panamá, «Anita No te Rajes», seguro la bordó una mujer dule (kuna). Pero también, en los primeros capítulos de esa misma telenovela, Eduardo y David, personajes de la novela, buscaban un esposo a Anita para que no la agarrara la ‘migra’ y la deportara, entre los seleccionados llegó un borracho y era panameño. Nunca me había reído tanto.

«No soy un aculturado…», decía Arguedas hace treinta y siete años. En tanto yo, escribo estos apuntes consciente, que solo llegará a unos cuantos o quizás será un escrito inédito. Los medios de comunicación, y hablo de la prensa escrita, radial y televisiva, es incapaz de expresar otra cosa que no sea portadora de sus intereses. En eso estoy convencido. Por eso utilizo este medio para compartirles estas ideas, con el solo propósito que asumamos el derecho a expresarnos, a eso que ellos llaman: libertad de expresión. Porque como reza el refrán “el que calla otorga”.

Yo, igual que muchos dule nací y crecí en la ciudad de Panamá, por eso siempre me he considerado un dule urbano, hoy sin temor a equivocarme somos casi la mitad los que vivimos en la periferia de la ciudad de Panamá. Pero luego de compartir por muchos años con mis padres, abuelos y amistades, me di cuenta que me unía a los dule insulares y ribereños, el idioma, la historia, el arte y mi rostro. Es inconfundible un dule con un emberá o un ngöbe con un waunan.

El sistema occidental desea que nos olvidemos de quiénes somos, por lo tanto, todo su engranaje estará para confundirnos y negándonos siempre nuestra identidad, nuestra cultura, nuestras formas de gobernar y administrar nuestro pueblo. Es por eso que para nosotros no es nada nuevo que este sistema a través de su quinto poder, exprese y cultive la indiferencia y la intolerancia. Esta cultura neomodernista que quiere metamorfear la diversidad cultural en una cultura homogénea, es la que está detrás de estos intereses de indignar nuestras verdaderas raíces. Eso me hecho ver que vivimos en un país racista. Y yo soy producto de este sistema. Desde pequeño siempre he vivido en esa realidad. Hasta que un día llegó a mis manos un libro anónimo titulado Las Mil y Una Noche, en ella conocí parte de la colección de cuentos de origen persa, árabe, hindú y egipcio, recopilados a lo largo de siglos una rica literatura oriental. Llegó después El Corán y conocí la cultura musulmana. Conocí el I Ching, Libro de las mutaciones de la literatura china. También desde muy niño había leído La Biblia, memorizándome alguno de sus capítulos y comprendí la religiosidad del mundo judeo-cristiano. Así pude ir comprendiendo y respetando a través de la lectura la magnificencia de otras culturas tan ricas y antiguas como la cultura Dule. Mis primeros maestros, mi abuelo y los ancianos de mi pueblo, ellos me enseñaron otra literatura, otra historia, otra forma de ver el mundo y me abrieron el alma: al cosmosentimiento dule, me hablaron de Bab Igala.

De vez en cuando leo el periódico. Prefiero leer a J.M. Arguedas, A. Roa Bastos, Antoine de Saint-Exupéry Juan Rulfo, Richard Bach, Edgar A. Poe o ver una película de Michel Moore o Tim Burton, mis favoritos. Por eso cuando salió el comentario sobre el narcotráfico y los dule, me enteré dos días después. Pensé que se debía quizás por el escándalo que protagonizaba un diputado dule, Rogelio Alba. Nunca he entablado una conversación con el diputado Alba, solo un hola y hasta luego. Así que me senté a revisar en internet la página del diario «El Panamá América», donde surgieron los comentarios de amigos y amigas que había leído y escuchado comentando sobre el tema. El periódico cataloga en cuatro palabras a los dule y su pueblo como: “santuario de narcos, gamonales, reyes y dictadores”. Después de leído esto, volví a releer a Arguedas, el maestro,  y me decía: “… me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa”. (Tomado de «No soy un aculturado…»)

Pienso que el sistema panameño ha olvidado lo que ha sido y son, y nos quieren imponer sus propios defectos. Esos comentarios me hicieron recordar los escándalos de los diputados en los casos de ‘mameyes’ (compra de votos en el mismo pleno legislativo), la exoneración de autos de lujo, las actuales destituciones de fiscales por ‘coimeros’ (paga y te hago el favor) y corruptos, solo por mencionar algunas. Aprendí desde joven que los legisladores, hoy diputados, crean leyes, el Órgano Judicial vela por la justicia y el Ejecutivo administra el gobierno y ejecuta obras de interés socioeconómico. Tan claro que en las lecciones de cívica me las tuve también que memorizar, como La Biblia. En resumen, el máximo representante del gobierno es el presidente. Quiere decir que, si él representa de la cámara de diputado y el órgano judicial, y el gobierno es entonces Martín Torrijos Espino, presidente de la república, en otras palabras, él es el Santo de los coimeros y corruptos de Panamá. ¡Ah! También un narcotraficante por el todo el dinero que se transfiere en este país producto de este negocio. Pero, luego pienso, que si este sistema se rigiera por el transparente sistema de los dule, seguro esta vaina terminaría. Pero no, aquí rige el sistema democrático de la vieja Atenas. Los gobernantes mismos crean y establecen leyes y normas, inclusive conductas e impunidades para si mismos. Y la plebe a la margen de todo esto. Pero he aquí la excusa de siempre: nada es perfecto.

Es justo entonces el disgusto del hermano Anelio Merry López, cuando dice indignado: “Yo que nací y crecí en Kuna Yala no recuerdo haber vivido momentos de dictadura donde caciques o Sailagan (jefes tradicionales locales) dispongan de cualquiera cosa a su antojo, sino todo lo contrario, las decisiones se toman entre toda la comunidad y el Congreso General Kuna es el vivo ejemplo. Donde las 49 comunidades de la comarca toman decisiones de forma libre y conjunta, sea bien o mal pero es una decisión consensuada de forma democrática y no los tres o cuatro gamonales (como dicen) imponen criterios, tal como se hace en los países llamados democráticos. El único sistema dictatorial que recuerdo haber vivido es aquel que todos conocemos en Panamá”. (Tomado de un escrito abierto, enviado al director del periódico «El Panamá América») De esta misma forma una amiga alemana y que no es indígena expresa: “Cuando un cacique pierde el respaldo de la población, puede ser remplazado por otra persona, y además las decisiones se toman en la asamblea general del Congreso General, de una manera participativa. Cada persona que haya asistido a un Congreso General puede afirmar lo que yo he visto con mis propios ojos y lo que se puede leer en muchas publicaciones de los politólogos y antropólogos”. (Tomado de una carta abierta enviada al director del mismo periódico, «El Panamá América», por la geógrafa Verena Sandner Le Gall). Si no pregúntenle a Rubén Blades. No tengo la menor idea de quién habrá escrito esas notas el día 31 de agosto del presente, en el diario «El Panamá América» y su columna El pulso de América. Pero lo que si creo, es que este señor o señora debe actualizar su bibliografía. Solo me quedaría sugerir a los directivos de este diario que yo sin ser periodista, cuando escribo o hago una anotación, tengo mucho cuidado en no hacer acotaciones fuera de la realidad. Es por ello que se pierde la credibilidad de la prensa, si es que la han tenido alguna vez. Y es que estos comentarios cuando surgen de un columnista desfasado de la realidad y de estudios sociológicos, antropológicos y lingüísticos actuales, orientan a crear lo que se llama: una opinión pública, tergiversada en todo su contexto.

La ignorancia sobre un tema obviamente debería conducirnos a descubrir o a investigar, pero la soberbia de muchos lleva a no reconocer su ignorancia y esa es una actitud negativa. Así mismo, cuando reconocemos que somos neófitos en un determinado tema es la forma más consciente de respeto y deseo de adquirir y ampliar el conocimiento.

La anécdota de la geógrafa alemana Verena Sandner Le Gall, cuando se encontró con un estadounidense y hablaban sobre asuntos geopolíticos de Alemania, anota ella, en la carta enviada al director del diario, me trajo a mi occidentalizada memoria otra anécdota: Tuve la oportunidad de acompañar en una ocasión a Gilberto Arias (en aquel entonces era Argar, “decodificador del canto del Saila” y actual Saila Dummad, “Cacique General Kuna”), a  una reunión realizada en San Carlos de Bariloche, Argentina en 1998. Recuerdo que cuando llegamos a Argentina tuvimos que abordar un vuelo doméstico de Buenos Aires a Bariloche. Éramos tres la delegación dule, Iguayoikiler Ferrer, el Saila Gilberto Arias y yo. Yo, tuve que sentarme en otro asiento acompañado de una chica bonaerense, durante el viaje entablamos una conversación, ella me dijo que era estudiante de medicina y yo le conté el propósito del viaje de nuestra delegación. Hasta que ella me preguntó de dónde era yo, le contesté que de Panamá. Ella, frunció su ceño en señal de duda y volvió a hacerme la misma pregunta. Volví y le dije lo mismo. Me di cuenta entonces que no tenía la menor idea de donde estaba ubicado Panamá. Con toda sinceridad, Ella me dijo que no ubicaba geográficamente Panamá. Cuando le dije que si conocía el Canal, me respondió enseguida que era una base de los gringos. Ella por lo menos tenía un punto de referencia geográfica e histórica.

En mi adolescencia urbana adquirí un amplio vocabulario urbano, aprendí escuchar “plena”, a “pintear”, a “birrear”, a “chotear guiales” a fumar “blanco y quenque”, supe que era “juega vivo” y otras “vainas”. Ya joven me seguían llamando “indio” y tiré un “par de cincos”. Eso me enseñó la ciudad y la gran civilización. Me dijeron piojoso y después supe en un libro científico que el piojo lo trajeron los europeos. Hoy le temo a la sífilis, a la gonorrea y al VIH. Todo eso es parte de la contaminación que proviene de la cultura occidental. Mi amigo Turpana, me diría y agregaría, estamos tan occidentalizados que ya bailamos salsa, merengue, vallenato, regué y tenemos prostitutas y corruptos. Esa es parte de nuestra realidad ¿A eso será que nos quieren llevar los que anhelan la modernidad?

Estoy orgulloso de ser dule cuando he visto cientos de mola en museos y galerías de Europa y Abya Yala (América), y estoy seguro que se puede ver en muchas otras partes del mundo. Nunca ha habido un arte tan propagada salida de este istmo, no conozco todavía ni un pintor(a) panameño(a) que sus cuadros lleguen a ser tan reconocido como la mola. Me siento tan orgulloso cuando académicos extranjeros quieren conocer sobre nuestro sistema social, sobre nuestro sistema de administración de gobierno y sobre nuestro idioma. Hablo dulegaya sin ninguna vergüenza, porque sé que es un idioma reconocido en la UNESCO, entre miles, aunque solo es oficial en Panamá el castellano y el inglés. Pero a la vez me siento tan triste, porque los que dicen ser mis paisanos (los wagas / los no dule) no conocen a sus hermanos y hermanas los y las dule, aunque al final reflexiono y creo que todos somos hermanos, compartiendo la misma casa: Panamá.

 

Iguaniginape Kungiler

8 de Septiembre de 2005.

Veracruz, Panamá